Hace unos cuantos años Luisa era una muchacha que vivía en Santa Rosa de Cabal. A Luisa le gustaba mucho la naturaleza e ir a los termales, ya que vivía cerca.
Un día cualquiera, Luisa fue a los termales con su madre y vio a un muchacho comiendo galletas; cuando terminó, botó la basura a los termales. Luisa, aterrada, le fue a decir que la recogiera, pero el muchacho se negó. Luisa no pudo hacer más que recogerla.
Al día siguiente, Luisa fue al colegio con una cartelera sobre la naturaleza que tenía que hacer con una amiga, pero no la había terminado ya que su amiga no había hecho nada. Obviamente la profe les puso mala nota y Luisa se enojó mucho con su amiga, diciendo que si la hubieran hecho juntas no les hubieran puesto mala nota; y su amiga le dijo que si no hubiera ido tan seguido a los termales la hubiera hecho sola. Fue así como Luisa perdió a su única amiga.
En la tarde Luisa fue al parque para darle comida a las palomas y vio a un niño que comía chicle y botó el chicle a la calle. Luisa le dijo a la mamá del niño que más adelante había un basurero para que botara el chicle. La mamá del niño le dijo que lo que hiciera o no hiciera su hijo no le importaba a ella, y después de esas palabras se marchó.
En casa, Luisa empezó a lagrimear, luego a llorar interminablemente, porque veía que a nadie le importaba la naturaleza: el chico de los termales, su amiga, la señora y el niño… y posiblemente ella, porque no veía la razón de seguir amando a la naturaleza.
En esas, su madre llegó a consolarla, diciendo que no dejara de amar porque los demás no aman, y también que si a nadie le interesaba no importaba, porque a ella sí, y eso es lo que vale.
Luisa se alegró y volvió a salir llena de valor para cuidar su pueblo, la naturaleza y los termales, e interponerse a quien quiera dañarlos, porque para ella nada valía más que su pueblo, la naturaleza y los termales.
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