Dicen que hay un árbol en Termales que tiene 200 años. Si te sientas bajo su sombra y guardas silencio, puedes escuchar todo lo que ha visto: niños que se convirtieron en abuelos, ríos que cambiaron de camino…
No era un árbol cualquiera. Sus raíces guardaban las risas de los niños que alguna vez jugaron bajo su sombra, sus ramas conservaban el canto de cada ave que había construido un nido entre sus hojas y su tronco almacenaba las historias de todos los viajeros que, cansados, se habían sentado a descansar junto a él.
Cada anillo de madera era un recuerdo.
Cada hoja era una memoria.
Los animales del bosque acudían a él cuando olvidaban algo importante.
—¿Dónde escondí mis avellanas? —preguntaba una ardilla preocupada.
El árbol cerraba sus hojas por un instante y respondía:
—Bajo la roca cubierta de musgo, junto al viejo arroyo.
Y allí estaban.
Un búho olvidó la primera canción que su madre le había enseñado cuando era pequeño. El árbol agitó lentamente sus ramas y, de entre las hojas, comenzó a escucharse aquella melodía que parecía venir del viento. El búho sonrió y nunca volvió a olvidarla.
Un día llegó al bosque una niña llamada Emma. Caminaba con la cabeza baja porque acababa de perder algo muy importante.
—¿Has perdido un juguete? —preguntó el árbol con una voz tan profunda como la tierra.
Emma negó.
—Perdí un recuerdo de mi abuelo. Ya no puedo escuchar su voz en mi cabeza.
El bosque quedó en silencio.
El árbol permaneció inmóvil durante un largo rato.
Después dejó caer una única hoja dorada.
Cuando Emma la tomó entre sus manos, una suave brisa comenzó a rodearla. Entonces volvió a escuchar la risa de su abuelo, la forma en que pronunciaba su nombre y aquella historia que siempre le contaba antes de dormir.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos, pero esta vez eran lágrimas felices.
—Gracias —susurró.
El árbol respondió con ternura:
—Los recuerdos importantes nunca desaparecen. A veces solo necesitan que alguien nos ayude a encontrarlos.
Desde aquel día, Emma visitó el bosque cada primavera. No para pedir recuerdos, sino para regalar nuevos.
Le leía cuentos al árbol, le cantaba canciones y le contaba todo lo que vivía. Así comprendió que los recuerdos más valiosos no eran los que el árbol guardaba, sino los que ella seguía creando.
Pasaron los años.
Emma creció, tuvo hijos y después nietos. Todos conocieron al viejo roble.
Pero una mañana, el árbol comenzó a perder lentamente sus hojas. Los animales pensaron que había llegado su final.
Entonces ocurrió algo extraordinario.
Cada hoja que caía se convertía en una pequeña semilla luminosa.
El viento las llevó por montañas, ríos y ciudades.
Con el tiempo, en cada lugar donde una semilla tocó la tierra nació un nuevo árbol.
Y aunque eran pequeños, todos heredaron un regalo especial: podían guardar los recuerdos felices de quienes descansaban bajo su sombra.
Desde entonces, se dice que, cuando abrazas un árbol muy antiguo y cierras los ojos, puedes sentir una paz difícil de explicar.
Tal vez sea porque alguno de esos árboles todavía recuerda la primera risa de un niño, la canción de un abuelo o el día en que una niña descubrió que los recuerdos verdaderamente importantes nunca se pierden.
Solo esperan, pacientes, a que el corazón vuelva a encontrarlos.
Los mejores cuentos se publican aquí y el autor recibe una medalla de guardabosques oficial.