Escritos por exploradores

"La rana que guardaba el secreto del volcán"

Nadie sabía que la rana verde del charco termal conocía todos los secretos del volcán. Cada noche, cuando los turistas se iban, ella saltaba hasta la orilla y contaba historias al agua…

Hace mucho tiempo, cuando los volcanes todavía hablaban con las montañas y las estrellas bajaban cada noche a beber agua de los lagos, existía un pequeño estanque al pie de un enorme volcán llamado Monte de Fuego.

En ese estanque vivía una diminuta rana verde llamada Lila.

No era la más rápida ni la que saltaba más alto. Tampoco tenía el canto más bonito. Pero había algo que la hacía diferente: conocía un secreto que nadie más en el mundo sabía.

Cada amanecer, antes de que saliera el sol, Lila saltaba hasta una piedra muy especial en la ladera del volcán.

Entonces decía en voz baja:

—Buenos días, viejo amigo.

Y el volcán respondía con un suave murmullo que solo ella podía escuchar.

Porque el volcán… estaba vivo.

No era un monstruo ni quería destruir nada. Simplemente tenía un corazón de fuego que latía muy fuerte bajo la tierra.

Cuando estaba feliz, las flores crecían más rápido.

Cuando estaba triste, el cielo se llenaba de nubes grises.

Y cuando se sentía solo, la tierra temblaba un poquito.

Nadie conocía este secreto.

Los habitantes del valle pensaban que los temblores ocurrían por casualidad.

Solo Lila sabía la verdad.

Cada mañana hablaba con el volcán durante horas.

Le contaba historias de las mariposas, de las lluvias de verano, de los peces del lago y de los niños que reían mientras jugaban cerca del bosque.

El volcán escuchaba en silencio.

Y su corazón de fuego se calmaba.

Un año llegó una gran sequía.

Los ríos comenzaron a secarse.

Los árboles perdieron sus hojas.

Los animales tenían miedo.

El volcán también.

—Tengo tanta tristeza dentro de mí… que siento que voy a explotar —le confesó a Lila.

La pequeña rana pensó durante mucho tiempo.

Luego tuvo una idea.

Reunió a todos los animales del bosque.

—Necesito su ayuda.

El colibrí llevó gotas de agua desde un río lejano.

Los castores construyeron pequeños canales.

Los elefantes trajeron barro fresco.

Las abejas llenaron el aire con el perfume de miles de flores.

Las aves comenzaron a cantar al amanecer.

Y cada noche, todos los animales se reunían alrededor del volcán para contarle historias y hacerle compañía.

Poco a poco, el volcán dejó de sentirse solo.

Su corazón volvió a latir con tranquilidad.

Un amanecer lanzó hacia el cielo una enorme columna de vapor brillante.

Pero no era humo.

Era una nube llena de diminutas gotas de agua.

Horas después comenzó a llover.

Primero despacio.

Luego con fuerza.

Los ríos despertaron.

Las plantas volvieron a crecer.

El bosque recuperó sus colores.

Los habitantes del valle celebraron durante días.

Todos creyeron que había sido un milagro.

Solo Lila sonrió.

Nunca contó el verdadero motivo de aquella lluvia.

Guardó el secreto del volcán porque sabía que algunos secretos no existen para esconderse, sino para proteger aquello que amamos.

Desde entonces, cada vez que un volcán duerme tranquilo, dicen que es porque, en algún lugar cercano, una pequeña rana sigue contándole historias antes de que salga el sol.

Y si alguna mañana escuchas un suave «croac» mientras el viento baja de la montaña, presta atención.

Quizá no sea una rana cualquiera.

Quizá sea la guardiana del secreto más antiguo de la Tierra.

Miguel
Guardabosques · Bogotá

Escritos por exploradores

Cuentos Relacionados

¿Fuiste guardabosques? Envía tu cuento 🌿

Los mejores cuentos se publican aquí y el autor recibe una medalla de guardabosques oficial.