Había una vez una gotita de agua muy pequeña llamada Lumi. Vivía en un lugar mágico y calentico llamado Termales Santa Rosa de Cabal, donde el agua hacía shhhhhh como si cantara y el vapor subía al cielo como nubes suaves.
A Lumi le encantaba saltar entre las rocas, jugar con otras gotitas y escuchar a los pájaros cantar. Pero un día todo cambió: el agua ya no sonaba igual, los pajaritos dejaron de cantar y el arbolito que más quería tenía sus hojitas secas.
—¿Qué pasa? —preguntó Lumi con su vocesita temblorosa.
—Nos estamos apagando —respondió el árbol—. El agua ya no alcanza y a veces la ensucian…
Lumi sintió algo que nunca había sentido: tristeza.
—¡No quiero perder mi hogar! —dijo casi llorando.
Entonces el sol la calentó y ¡puf!, Lumi subió al cielo convertida en vapor. Desde arriba vio algo que le rompió el corazón: el río tenía basura, algunas partes estaban secas y el lugar que ella amaba ya no brillaba igual.
Lumi cerró sus ojitos. «¿Y si un día desaparecemos?», susurró. Por un momento pensó que ya era demasiado tarde. Pero justo entonces recordó algo: «Aunque sea pequeña… puedo intentar ayudar». Y se dejó caer como lluvia.
Plim… plim… plim… Cayó en la mano de una niña. La niña la miró en silencio y luego dijo: «Si el agua se acaba, nosotros también».
Esa frase hizo eco. Los niños empezaron a actuar: recogiendo basura, cuidando las plantas, cerrando llaves abiertas. Y poco a poquito el milagro empezó. El agua volvió a correr, y en Termales Santa Rosa de Cabal el agua volvió a cantar.
Cuando Lumi regresó, el arbolito estaba diferente.
—Pensé que no lo lograríamos —dijo él.
—Yo también —dijo Lumi—, pero entendí algo.
Hizo una pausa, sonrió suavemente:
—Cuando parece que todo está perdido es cuando más debemos cuidar lo que amamos.
Desde ese día cada gotica que cae trae un mensaje importante: el agua puede acabarse, pero la esperanza no, si actuamos a tiempo.
Y Lumi sigue allí, saltando entre las rocas, recordándole al mundo que incluso una gotita puede cambiar la historia.
Fin.
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